Nuestro camino
continúa y notamos una pequeña elevación
en el horizonte que va aumentando de tamaño a medida que
avanzamos, los conductores nos dicen que se trata de la Isla del
Pescado, aunque no pueden precisar a que debe su nombre. Las ruedas
se detienen y volvemos a posar los pies sobre la superficie de
sal. Por momentos me siento como un diminuto ser humano sobre
la superficie de un terrón de sal.
Empezamos a escalar la superficie de la “Isla” donde
abundan los cactus y el guía nos informa que este lugar
es también el hogar de colonias de vizcachas (un tipo de
roedor de alta montaña). La parte más alta de la
isla ofrece una vista privilegiada de toda la zona. Con un movimiento
que parece sincronizado casi todos en el grupo sacamos las cámaras
fotográficas y empieza el festival de flashes, cazadores
de imágenes, que anhelamos conseguir la mejor cara de un
lugar que en pocas horas ha atrapado nuestro corazón y
lo ha escondido en su salado interior.
La tarde va asomando su rostro enrojecido, creando millones de
mosaicos de colores, nosotros hemos seguido el camino hasta llegar
al pueblo de San Pedro, la primera zona poblada que encontramos
luego de dejar el Hotel Playa Blanca. En la noche el lugar es
bastante mas tranquilo de lo que esperábamos, solo pequeñas
centellas de plata que cuelgan del negro cielo de terciopelo parecen
agregar vida al lugar. El salar aunque pierde brillo al anochecer
aun guarda la suficiente luz para regalarnos algo de claridad.
Al amanecer las ruedas vuelven a girar y finalmente dejamos el
terreno salado. Los conductores nos llevan a través de
un valle de volcanes extintos; géiseres de agua sulfurosa,
que llena el aire de un fuerte olor y dos lagos de colores maravillosos.
La laguna Colorada debe su nombre a la fuerte concentración
de cobre de sus aguas y es el hogar de miles de hermosos flamingos
que parecen no alterarse en lo mas mínimo con nuestra presencia.
Luego hacemos un alto junto al Lago Verde poblado de microorganismos
que cambian de color según la dirección del viento
creando un espectáculo increíble al cambiar el color
del lago de un momento a otro, haciéndolo pasar por diferentes
tonos de verde.
Finalmente iniciamos la parte del viaje que cada viajero teme,
el regreso, sin embargo el Lago Salado ha dejado un recuerdo imborrable
en nuestra memoria. Pero sin importar que tantas palabras use
para describirlo o que tantas fotografías muestre para
regalarles una idea del lugar siempre estaré mezquinando
justicia a su belleza. Solo existe una forma de descubrir verdaderamente
este lugar y eso será el día que usted mismo pose
sus pies sobre la superficie de cristal de este prehistórico
lago atrapado entre las montañas.
Seguimos la
ruta y nos detenemos por momentos en la llanura solitaria, estamos
en una estación seca y la superficie del lago se ha endurecido
y partido en innumerables pedazos hexagonales de cristal, creando
a su vez una especie de mosaico gigante que cubre todo el panorama
a nuestro alrededor. Durante los meses húmedos la sal se
derrite creando una masa espesa de agua sobrecargada de sal, pero
por ahora podemos admirar el brillante reflejo de los millones
de espejos de sal que parecen adorar el reflejo del sol.