Me
voy acercando a ti, Ciudad de La Paz. Ya no hay más
imágenes borrosas ni contornos difusos. Por fin
estoy a tu lado. Te veo, te admiro, empiezo a descubrirte...
Bailar
y no detenerse. Bailar y sonreír. Bailar de día,
de noche, de madrugada, espantando el cansancio con
sonrisas y gráciles movimientos de cinturas...
Silencio
y oscuridad. Caminos estrechos, enrevesados, inverosímiles.
Subir y bajar por galerías y socavones. Aire
extraño, polvoriento, casi irrespirable. Sensación
de ahogo y asfixia. Pasos dubitativos, inciertos, tal
vez temerosos...
"Todos
creen que La Paz es la capital del país, pero
se equivocan, ésta es la capital", afirma
en un tono entre impaciente y colérico... "porque
no es justo que se olviden que aquí se proclamó
la independencia de Bolivia".
Navegar
en aguas míticas que parecen no tener fin. Cobijarse
en la cabina, porque el viento arrecia, sopla con fuerza,
se lleva las palabras que narran la leyenda de Manco
Capac y Mama Ocllo, los hijos del Sol, los fundadores
del gigantesco y fabuloso imperio de los Incas, quienes
salieron del lago Titicaca en un tiempo sin fecha, sin
hora y sin día.
Tierra
encantadora en la que esta urbe planificada al centro
de nueve anillos viales, sorprende por su belleza, sus
rasgos de modernidad y la inigualable calidez de su
gente.