Tiempos de
batallas sangrientas en las pétreas
faldas de los Andes. Vientos de desolación -certeros, infalibles,
demoníacos- descendían de los picos nevados de la
cordillera. Guerra y espanto, sangre y muerte, porque en las tierras
arrebatadas a los míticos hijos de Sol, los conquistadores
españoles blandían la espada y cargaban los arcabuces
para respaldar sus afanes de riqueza y matar la ambición
de sus propios hermanos de sangre.
Cuando cesaron
los fragorosos clamores de la guerra civil, don Pedro de la Gasca,
ordenó, al capitán Alonso de Mendoza, la creación
de una Ciudad para conmemorar el fin de los enfrentamientos. El
mandato se cumplió el 20 de octubre de 1548, cuando "los
discordes en concordia,en paz y amor, se juntaron y pueblo de
paz fundaron para perpetua memoria", según reza el
escudo de armas enviado siete años después, por
el rey Carlos V.
Así
surgió La Paz, la sede del gobierno de
Bolivia
y capital del departamento del mismo nombre. Desde su fundación,
la Ciudad ha sabido armonizar los rasgos de su herencia cultural
y arquitectónica, con discretos atisbos de modernidad,
que constituyen auténticas pinceladas del futuro en la
altura altiplánica.
Plazas invadidas
por centenares de pedigüeñas
palomas... ¿de la paz?, mercados de artesanías en
los que se susurran palabras en quechua y aymara, un valle que
se asemeja a la superficie lunar, calles en ascenso perpetuo que
desembocan en sublimes iglesias coloniales... pero eso sí,
hay que andar a paso lento, para evitar los rigores de los 3,650
m.s.n.m.
Días
de paz y de cielo exageradamente azul en una de las joyas de los
Andes, que resplandece por la protectora presencia del nevado
Illimani (6,403 metros de altitud), el poderoso guardián
de la Ciudad más importante de Bolivia, surgida cuando
cesaron los fragorosos clamores de la guerra civil entre los conquistadores
españoles.