No hay pánico
ni gritos de terror cuando las tropas del averno toman por asalto,
con piruetas y movimientos
alocados,
las calles de la Ciudad. Pero los "príncipes del mal"
-de cuernos cimbreantes y horrorosos colmillos que se escapan
de sus bocas- no generan ni una pizca de miedo ni una dosis de
pánico ni una porción de terror... y es por eso
que la gente los aplaude, los anima, los vitorea y, algunos, hasta
desean unirse a la cadenciosa peregrinación de los diablos
de Oruro.
Las tropas
avanzan al compás de la música. Hay
diablos
cubiertos con capas brillantes y coquetas diablitas de faldas
encogidas, que se contonean una y mil veces, como si quisieran
tentar al mismísimo arcángel San Miguel, que anda
como medio perdido al lado de tantos demonios bailarines, que
por esas cosas de las leyendas con aroma a tiempo pretérito,
van a rendirle pleitesía a la milagrosa Virgen del Socavón.
Diablos penitentes
en Oruro, la capital folclórica de Bolivia,
que en febrero se entrega al frenesí de su singular carnaval,
que mezcla la devoción por la Virgen del Socavón
-la patrona que bendice las actividades diarias en las oscuras
profundidades de las minas- con diversas expresiones paganas.
El Carnaval
de Oruro es un rosario interminable de
danzas
y fe. Miles de creyentes realizan un recorrido por las calles
de la Ciudad -fundada en 1606- antes de llegar al Santuario del
Socavón. Danzas de remotos orígenes como la Diablada,
la Morenada, los Tobas, la Llamerada y el Phujllay, entre otras,
son revividas por los 50 conjuntos folclóricos que participan
de la fiesta.
Oruro,
con sus 3,706 m.s.n.m., no es sólo la Ciudad
del carnaval. Este rincón del altiplano -hogar de mineros
que veneran a la Virgen del Socavón y al Tío, el
mítico dueño absoluto de las riquezas del subsuelo-
ofrece una serie de discretos encantos que la hacen atractiva
y acogedora, a pesar del frío pertinaz.