Se pierden
los guiños resplandecientes del sol en un
horizonte
que se ha vuelto gris y sombrío; entonces, el cielo es
ocupado por vanguardias de nubes negras, coléricas, a punto
de reventar en millones de gotas refrescantes. Aroma de lluvia
en las orillas de un río de aguas inquietas. Presagio de
tormenta en las tierras del verdor infinito.
Nadie se altera
por la amenaza de lluvia. Los niños corretean, saltan y
ríen, mientras los adultos "atacan" suculentos
platos de "majao" (arroz, carne seca y pimentón)
o locro (sopa con arroz y gallina). La tarde transpira modorra
y cansancio en las Cabañas del Piraí, uno de los
tantos rincones de encanto de Santa Cruz de la
Sierra, el paraíso tropical de Bolivia.
Selva, ríos
y praderas. Parajes alucinados de
exuberante
vegetación, rincones agrestes y sofocantes conforman el
territorio del departamento de Santa Cruz de
la Sierra, que se encuentra en la parte oriental de Bolivia. Su
capital -que lleva el mismo nombre- fue fundada en 1561, por el
capitán español Ñuflo de Chávez.
Hasta el siglo
XVII, la Ciudad estuvo flanqueada por grupos de indígenas
no evangelizados; por lo que se convirtió en el punto de
partida de las expediciones misioneras jesuitas, que pretendían
catequizar a los hombres que habitaban las zonas de Moxos y Chiquitos.
Ciudad próspera
y de matices modernos, Santa
Cruz
(437 m.s.n.m) se ha convertido en el corazón económico
del país. Atraídos por el vertiginoso desarrollo
comercial y agropecuario, miles de bolivianos decidieron tentar
fortuna en el caluroso oriente... y los límites se extendieron
y el viejo casco urbano fue rodeado por vistosos edificios y avenidas
de tráfico infartante.
Sensual, dicharachera
y festiva. Calurosa, moderna y agitada. Así es Santa
Cruz de la Sierra, el paraíso tropical de Bolivia.