Susurros,
risas, palabras al viento. Muchachos
apertrechados
con libros y cuadernos, vienen y van por calles antiguas, románticas,
evocadoras... "Calles de historia, señor, porque aquí
se forjó un país, aquí se independizó
una nación", exclaman los jóvenes y aceleran
el paso, se alejan, se marchan, son tragados por la puerta centenaria
de una casona de libertad.
Sueños
de grandeza en las riberas de un río. Arrebato arquitectónico
en las alturas. Caprichos de príncipes derrochadores y
obstinados, que ordenaron construir un fabuloso castillo de aires
medioevales en las afueras de la Ciudad de la independencia...
y las torres delgadas, puntiagudas, ¿frágiles?,
pretenden rozar las nubes coposas.
Dos imágenes de una Ciudad monumental: Sucre
(2,750
m.s.n.m), la capital constitucional de Bolivia, aún conserva
la esencia de su esplendoroso pasado. Cuenta la historia que,
en agosto de 1825, se reunieron en esta acogedora villa andina,
los miembros de la Asamblea Deliberante para proclamar la independencia
del país.
Declarada
por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad, Sucre
-capital del departamento de Chuquisaca- es un lugar pequeño
y en perpetuo sosiego. Inspiradora, discreta y envuelta por
un halo de intelectualidad, la Ciudad es el reducto de los jóvenes
estudiantes de todo el país, que se forman en las aulas
de la célebre Universidad Mayor, Real y Pontificia de
San Francisco Xavier.
Por su esencia
colonial y sus aires de libertad;
por
su atmósfera de intelectualidad y los ímpetus juveniles
de los estudiantes; por sus casonas antiguas y su singularísimo
castillo de La Glorieta; por la abrumadora belleza de su paisaje
y la cordialidad de su gente, la capital de Bolivia, siempre será
una ineludible tentación para el viajero.