Un inexpugnable
manto de niebla arropa la bóveda del
cielo
en esta mañana de finas gotas de lluvia, claridad incierta
y de sombras e imágenes borrosas. Indicios de belleza se
presumen en los trazos inconclusos del horizonte; de pronto, el
telón de brumas es rasgado por la fantasmagórica
silueta de una frágil embarcación, obstinada en
cruzar las aguas legendarias de un lago con pretensiones de mar.
Los suspiros
del viento estremecen, cachetean y engordan la vela de la solitaria
embarcación, dirigida por un
hombre
de ojos huidizos y pómulos prominentes, que conoce los
caprichos del Titicaca, el lago navegable más
alto del mundo (3,810 m.s.n.m.) y el de mayor extensión
de Sudamérica, con un área de 8,300 kilómetros
cuadrados.
Desaparece
la frágil silueta sumergiéndose en la niebla. Las
brumas cubren la inmensidad azulada del Titicaca,
la cuna del imperio más grande de la América Precolombina,
porque de sus aguas frías y sosegadas, surgieron Manco
Capac y Mama Ocllo, quienes fundaron la sociedad incaica en las
alturas del Cuzco, cumpliendo el encargo de su padre, el Sol.
Fuente de
vida, mitos y leyendas, el lago está situado en el altiplano
de Bolivia y Perú, convirtiéndose en una frontera
natural entre ambos países. En la zona boliviana, las islas
del Sol, Suriki y Kalahuta, son parajes agrestes pero fascinantes,
en los que aún se pueden percibir los rasgos de las antiguas
culturas andinas.
Pero las islas
de tejedores de balsas y diestros
pescadores
no son los únicos atractivos. En las cercanías de
lago se encuentra el bucólico pueblo de Copacabana (departamento
de La Paz), hogar de la milagrosa Virgen Morena. La imagen -venerada
y engreída en todo el altiplano- fue tallada por un descendiente
de los Incas.
Al fin, el
padre Sol se hace presente y cumple su función de ofrecer
su calor a estas tierras del ande. Desaparece la niebla. Ya no
hay trazos inconclusos en el horizonte. Las aguas resplandecen.
El Titicaca conmueve por su impactante belleza y sus pretensiones de mar.